2022

31dic11

El paquete de christmas de la ONG de turno permanecía intacto en el mueble de la entrada. Dejó las llaves y se arrodilló para encender el árbol. Lo habían comprado un par de años atrás, cuando la casa era nueva y celebrar la Navidad parecía tener algún sentido. Se quedó mirando un rato la sucesión de luces rojas, verdes y doradas. Rojas, verdes, doradas. Hubo un tiempo en que le parecían hermosas.

Entró en el estudio y se sirvió una copa de Citadelle, sin hielo ni tónica. Lo apuró y se sentó frente al ordenador. Tenía la sensación de que se pasaba la vida detrás de pantallas. En la calle, en casa, en la oficina, hasta paseando al perro. Miro su cestita vacía junto a la mesa. Esta semana no estaba con ella, vaya divorcio más ridículo. Después de todo, no quedaban ni fotos, manías extrañas que una hereda sin querer. Quedaban seis horas para despedir el año -una tradición cada vez más absurda- y, dejando a un lado la fiesta en la oficina, la perspectiva no pasaba de quedarse dormida en el sofá. Qué más da. Le había dicho a su madre que no podía volver a casa, que tenía trabajo. Le había dicho a sus pocos amigos que tenía que ir a ver su madre. Le había dicho una mentira a todo el mundo y… se sirvió otro vaso.

Se quedó mirando el teléfono. Este año no llamaría, no después del fatídico día de Octubre. Todavía no se había dignado a responder. Después de un rato largo, sonó el teléfono.

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